LIT. Onírico 2
Por razón o razones que ni yo mismo podría haber explicado, ahí estaba. A punto de jugar la partida final por el título mundial de ajedrez, nada más ni nada menos que contra el vigente campeón Anatoli Kárpov. Justo a punto de sentarme frente al tablero, tuve que sacar de la silla a mi hijo. Kárpov, terno y corbata, peinado con una raya al costado, paso a mi lado con su séquito y ni volteó a mirarme. Yo tampoco me volteé, aunque con el rabillo del ojo lo vi ubicarse en su lugar y, dejando a mi hijo, yo también me senté. A los pocos segundos, empezó la partida. Durante los primeros movimientos me parece que no pasó nada raro, pero cuando me tocaba realizar el tercer o cuarto y quise avanzar mi caballo del lado izquierdo, me di cuenta de lo evidente. La distribución de las piezas no era la que correspondía a la situación inicial: el peón torre estaba avanzado, y el caballo y la torre se habían intercambiado la ubicación. Inmediatamente llamé al árbitro, quien se acercó a comprobar lo que le hacía notar, sólo para decirme después de ello que, de acuerdo con el reglamento que nos habían distribuido, y que en ese momento recordé: era una cartillita de color celeste, cada jugador era responsable de la distribución de las piezas. No me quedó claro si de las propias o de las del rival, pero el tiempo seguía corriendo, de modo que, resignado, pensé una nueva jugada. En ese momento noté que mi rival tenía mucho más que dos caballos, los cuales ocupaban prácticamente todas las casillas que normalmente están vacías al inicio de la partida, menos unas cuantas al centro, las que estaban ocupadas por varias piecitas de Minecraft en cada una. ¡Mi hijo había hecho de las suyas! Miré a Kárpov, quien solo miraba el tablero. Ante su impavidez, avance una pieza para tomar una de las casillas ocupadas por Minecraft. Mientras las sacaba del tablero, noté que mi rival jugaba con negras, color que tenían incluso sus caballos adicionales. Se me hizo raro, ya que él había empezado la partida. Cuando iba a marcar mi reloj, Kárpov me dijo en castellano, y aunque me llamó la atención que hablara mi idioma, rápidamente me dije que seguramente lo había aprendido en Sevilla (?): “sólo se puede tomar las piezas de ajedrez”. Así que me pidió que regresara al tablero las piecitas que había sacado.
Miré al público que se había congregado en el gimnasio/cancha de básquet y por sus expresiones vi que les inspiraba lástima. Noté que sólo habían asistido para ver mi derrota, que no me daban ninguna posibilidad. Ahí me di cuenta de que no había manera de que ganara el título. Y solo me quedó jugar la partida más digna que me fuera posible.
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