ECO - Los vecinos divergentes


Recientemente (o no tanto), el ritmo promedio de crecimiento de la economía peruana ha venido cayendo de manera continua. Si consideramos el ritmo promedio de los últimos 15 años (al 3T23), éste ha sido de 3,3%, pero si tomamos los últimos 10, éste baja a 2,3% y si tomamos solo los 5 años más recientes, cae incluso a 1,3%.

Sin embargo, hay ciertas excepciones en esta dinámica de cada vez menor crecimiento. La más notable es la de Moquegua, que no solamente contribuye cada vez más al crecimiento nacional, sino que ha pasado a ser la región con el segundo mayor aporte al crecimiento nacional en los últimos 5 años, solo superada por Lima. Pese a ello, no se puede negar que el factor fundamental es la Minería y que sin ella la región probablemente hubiera tenido un comportamiento similar al de la mayoría de regiones del país. Diferente es el caso de Ica (que se ha mantenido en el tercer lugar en todos los períodos considerados, pero con un aporte creciente en el total), donde los ejes del crecimiento han sido la Agroindustria y la Construcción, actividades con un alto nivel de encadenamiento con otras ramas productivas, de manera que han jugado un papel importante no solo en el crecimiento, sino -y sobre todo- en la generación de empleo. Y en la mayor parte de casos, empleo de calidad.

Diferente es el caso de Arequipa, que se mantenía en los períodos previos como la segunda región en aporte al crecimiento, pero que en el último quinquenio móvil ha caído al puesto 13. Y este resultado no solo es consecuencia de una menor producción minera, sino de sectores vinculados a la demanda, como Alojamiento y restaurantes y Transportes. Es decir, tal vez no se note tanto como en otras regiones (y esto de notarse tanto lo digo desde Lima, pero la percepción seguramente es diferente viviendo allá), pero el turismo en la región ha sido duramente golpeado y la recuperación está tardando. Esto además tiene efectos indirectos en otras actividades, lo que acentúa el problema. Una dinámica inversa a la de sus vecinos sureños.

Asimismo, cabe destacar, por lo adversos, los casos de Puno, Madre de Dios y Apurimac. En los dos primeros casos, si bien el sur ha sido el núcleo de las protestas contra el presente gobierno a fines del año pasado e inicios de este año, el deterioro no se ha iniciado en los últimos años, sino que ya se notaba desde períodos previos. En el caso de Apurimac, el boom minero que significó que solo a lo largo del 2016 la región multiplicara su producción por 2,5 veces no se ha sostenido, lo que fue influido por los constantes bloqueos y restricciones en la movilidad de los camiones de carga, lo que ha significado que en los últimos 5 años ésta sea la región con mayor contribución negativa a la producción nacional. 

De esta manera, más allá de la ligera recesión en que caímos este año y el estancamiento actual, la dinámica regional revela un problema estructural más que coyuntural (además, como se ha visto, los comportamientos más negativos se han concentrado en el sur del país, con la excepción de Moquegua). Nuestro ritmo potencial de crecimiento ha caído, incluso antes de la pandemia, y recuperarlo dista de ser una prioridad para los gobiernos que se han sucedido. Y si bien es positivo tener consideraciones regionales en la reactivación, no debe perderse de vista la cada vez menor importancia relativa de Lima, donde a la vez la pobreza ha crecido más rápido que en otras regiones.


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